El tic-tac de la guerrilla

Por Bismark Claro Brito

Letra menuda, ilegible a momentos: escribe un médico de profesión; aunque se descubre en él cierto compromiso con la política, el periodismo, la filosofía, el arte de las letras y, sobre todo, con la justicia, la vida. En este hombre también hay poesía legítimamente soñadora. De hecho, sus sueños aún atraviesan el plano de los cuadernos que acogen una caligrafía solo asequible para su esposa.  

A 53 años de aquellas páginas, la tinta permanece fresca; huele a montaña, a bosque y selva. Remite –como si el autor se lo hubiera propuesto– al escenario de paisaje “verde” donde se desarrolló la acción. 

Ernesto Guevara de la Serna anotó día a día –con su caligrafía de médico– los pormenores del quehacer guerrillero para liberar a Bolivia y al resto de los pueblos suramericanos. (Tomada de Cubadebate)

Al leer un libro como este, se asiste a uno de los textos más relevantes del pasado reciente latinoamericano. A partir de notas cotidianas (hoy pudiéramos llamarles bitácoras), la epopeya heroica se vuelca hacia las hojas de un diario mundialmente conocido, que da voz a una veintena de hombres desde la magistral narración de dos manos experimentadas en la lucha guerrillera. El Diario del Che en Bolivia constituye, a la vez, una bibliografía de consulta obligada para vislumbrar a Ernesto Guevara de la Serna, de cuerpo entero. 

Y, gracias a ese hábito –de un argentino internacional– de anotar observaciones, inquietudes personales y colectivas, y reflexiones en torno a los destinos de los pueblos americanos, es que contamos con una información extremadamente minuciosa, de un invaluable significado testimonial. Una historia que llega envuelta por un lenguaje íntimo y coloquial, propio de protagonistas. Por ello, no faltan en sus párrafos matices de humor y ocurrencias distintivas de su persona. 

Trataremos de que esto dure lo más posible

Del 7 de noviembre de 1966 a octubre 7, de 1967. 11 meses del siglo pasado se traducen a un viaje ubicuo, donde exigencia, crítica, educación, conciencia, solidaridad, confianza, preocupación, inconformidad, rigor y amonestación son asumidas como palabras mayores. “Lancé una descarguita sobre las cualidades de la guerrilla y la necesidad de una mayor disciplina”, escribió el Che. Sus “broncas mayúsculas” o “buenas descargas” se asoman entre líneas periódicamente.  

Con el paso del tiempo, el ELN del país andino aumentó su poder de fuego y se fogueó en combates, pero disminuyó en número de hombres. (Tomada de Cubadebate)

En este Diario –traducido a los idiomas inglés, italiano, turco y ruso–  aparecen, además, estrategias y secretos militares,  enfrentamientos armados, delaciones por parte de los campesinos de alrededores, falta de comunicación, dudas por doquier, desacuerdos con representantes del Partido Comunista Boliviano y reiterados desafíos de la geografía sudamericana y el cauce del río Ñancahuanzú, eternamente ligado al destino de aquella guerrilla, devenida Ejército de Liberación Nacional de Bolivia (ELN). A propósito, sus integrantes (de ellos 17 cubanos) se muestran juzgados por el Che, quien no solía equivocarse.  

4 meses. La gente está cada vez más desanimada, viendo llegar el fin de las provisiones, pero no del camino.

Pero en este volumen hay mucho más. Hay también una rica muestra de la cultura boliviana (a partir de algunos términos referentes a la naturaleza y platos típicos de la nación andina); la inventiva ilimitada para lograr la alimentación en medio de condiciones adversas –dando signos paradigmáticos de la cacería en función de la supervivencia e incluso, sacrificando animales útiles para la transportación de cargas–; un desfile de seudónimos bien originales: Pachungo, Bigotes, Chinchu, Muganga, Pan Divino y Chingolo, constituyen los más llamativos.

Manila es otro de los apelativos que sobresale. A cada rato, el término asaltaba el pensamiento y el pulso del Guerrillero Heroico. Se refería a Cuba. No hubo jornada en que la chispa de su Manila no estuviera presente y sirviese de guía, de inspiración, de análisis. La lucha que protagonizó en suelo cubano fue un antecedente de lo acontecido sobre los parajes de la tierra predilecta de Simón Bolívar, otro liberador de la América. 

Sí, porque Guevara de la Serna no quedó impotente ante la injusticia, abogó por la emancipación de los pueblos. Pero no dejó de pensar en los suyos. Paralelamente a la narración de la guerra, un discurso otro nos habla del ser humano, que persigue la felicidad colectiva y arriesga la de sus familiares. 

En ese sentido, varios nombres coronan algunas páginas –sobre todo las correspondientes a febrero–. Dedica pensamientos a ‘Aliucha’ (Aleida, su segunda hija), ‘el viejo’ (su padre Ernesto), ‘Hildita’ (su hija mayor), ‘Josefina’ (la eterna compañera de vida), ‘Ernestico’ (el más pequeño de sus descendientes), ‘Camilo’ (su hijo, hoy uno de sus mejores estudiosos), ‘Celita’ (su pequeña, con quien comparte cumpleaños) y ‘la vieja’ (Celia de la Serna, su mamá). Así se expresaba un hijo, esposo y padre que luchaba en un país ajeno al suyo con menos de 40 años.

He llegado a los 39 y se acerca inexorablemente una edad que da que pensar sobre mi futuro guerrillero; por ahora estoy entero.

Aunque el verbo de El Diario…se revela en pasado, el cronista sabía que escribía para el futuro. La captura del Che y su posterior asesinato, el 9 de octubre del ´67, no hizo más que propiciar la fecundación constante de sus ideas. Desde aquel día, la sangre dejó de circular en su cuerpo, mas recorrió “las venas abiertas de América Latina” y los pueblos oprimidos, como mismo hoy continúan fluyendo las aguas del Ñancahuanzú. Tan es así que Nicolás Guillén, al leer las últimas páginas, comentó: “Esto se acaba. Esto va a nacer”. Y verdaderamente –como dicen– es más fácil desintegrar un átomo que el legado de Guevara. 

Al decir de Fidel Castro Ruz en introducción a El Diario…, “El Che no sobrevivió a sus ideas, pero supo fecundarlas con sangre”.  (Tomada del sitio web de Radio Rebelde)

En este libro se exponen 335 jornadas, cada una con un rostro diferente. Algunas veces, “Día sin novedad” o “frío en acontecimientos”, otras, “día negro”. Atraído por uno de aquellos capítulos ennegrecidos por hechos dolorosos, correspondiente a la muerte de Tuma (guerrillero cubano), pude leer:

Al caer pidió que se me entregara el reloj, y como no lo hicieron para atenderlo, se lo quitó y se lo dio a Arturo. Ese gesto revela la voluntad de que fuera entregado al hijo que no conoció, como había hecho yo con los relojes de los compañeros muertos anteriormente. 

De seguro, el Che Guevara no alcanzó a entregar todos aquellos relojes, pero cada vez que un familiar de esos hombres lea este Diario podrá escuchar el tic-tac de unas manecillas imparables, el tic-tac de la guerrilla.