Sorry, this entry is only available in European Spanish. A propósito de conmemorarse el aniversario 61 del sepelio de las víctimas de la explosión del vapor La Coubre, le ofrecemos fragmentos del discurso del Comandante en Jefe, Fidel Castro, durante estos momentos de duelo. De esta dolorosa circunstancia, nació la consigna ¡Patria o Muerte! “Hay […]
A propósito de conmemorarse el aniversario 61 del sepelio de las víctimas de la explosión del vapor La Coubre, le ofrecemos fragmentos del discurso del Comandante en Jefe, Fidel Castro, durante estos momentos de duelo. De esta dolorosa circunstancia, nació la consigna ¡Patria o Muerte!
“Hay instantes que son muy importantes en la vida de los pueblos; hay minutos que son extraordinarios, y un minuto como ese es este minuto trágico y amargo que estamos viviendo en el día de hoy.
Ante todo, para que no se considere que nos dejamos arrebatar por la pasión, para que se vea claramente que hay un pueblo capaz de mirar de frente, con valor, y que sabe analizar serenamente, que no acude a la mentira, que no acude al pretexto, que no se basa en suposiciones absurdas, sino en verdades evidentes, lo primero que debemos hacer es analizar los hechos.
En la tarde de ayer, cuando todos estábamos entregados a lo más honesto que puede entregarse un pueblo, entregados al trabajo para vencer las grandes tareas que tenemos por delante, una explosión gigantesca hizo estremecer nuestra capital.
(…) Como una especie de premonición, nos imaginamos que algo grave había ocurrido; que aquella explosión cualquiera que fuese el sitio donde había ocurrido, tenía que haber producido consecuencias desastrosas, y que muchas víctimas tendría que haber ocasionado, como efectivamente por desgracia había ocurrido.

Lo demás, aquellos minutos de profunda pena y de angustia —aunque no de miedo— en la ciudad, todos lo conocen perfectamente. En primer término, la reacción del pueblo.
El pueblo no se atemorizó por la explosión, el pueblo avanzó hacia la explosión; el pueblo no se llenó de miedo, sino que se llenó de valor y, aun cuando no sabía lo que había ocurrido, se dirigió hacia allí y hacia allí se dirigieron los obreros, las milicias, los soldados y los demás miembros de la fuerza pública, todos a prestar la ayuda que estuviese a su alcance.
Lo ocurrido no podía ser más trágico: el barco anclado en el muelle, en el instante en que estaba procediéndose a desembarcar la carga, estalló, desapareciendo virtualmente la mitad del mismo, y barriendo a los obreros y a los soldados que estaban realizando aquella operación.
¿A qué se debía aquella explosión? —se preguntarían muchas personas. ¿Sería un accidente? Es posible que para todos aquellos que no tengan experiencia o conocimientos en materia de explosivos, cupiera la posibilidad de un accidente. Se sabe que los explosivos explotan, y es posible imaginarse que puedan explotar fácilmente.
Sin embargo, no es así. Y en realidad no resulta fácil que los explosivos estallen; para que los explosivos estallen es preciso hacerlos estallar.

Entonces, ¿de qué se trataba? Y la otra respuesta era que se podía tratar de un sabotaje, ¿pero un sabotaje cómo? ¿Y dónde? ¿Es que los sabotajes se pueden llevar a cabo en presencia de numerosas personas?
Si era un sabotaje, ¿cómo se pudo llevar a cabo aquel sabotaje? Y en primer lugar, ¿por qué un sabotaje y no un accidente?
¿Qué traía ese barco? Ese barco traía balas, y traía también granadas de fusil FAL contra tanques y contra personas. Las balas ya estaban en el muelle, ya no quedaban balas en el barco. Venían en la bodega de la popa, en la última división de la bodega, es decir, en el fondo de la bodega, y los obreros las habían extraído.
Quedaba un compartimiento superior, que eran las neveras de esa bodega, convertida una de ellas en el compartimiento donde venían las granadas de fusil. La explosión no se produce mientras se operaba con las balas; la explosión se produce en el momento en que se estaban descargando las 30 toneladas de cajas de granadas de fusil.
Si en aquel barco no hubo incendio —porque una explosión se puede producir por incendio a bordo—, si en aquel barco no hubo incendio, ¿podía producirse la explosión porque se hubiera caído por ejemplo, una de las cajas?

En primer lugar, no es probable que cayera ninguna de las cajas, porque los obreros sabían lo que estaban cargando, y no era la primera vez que los obreros portuarios manipulaban esa carga; porque durante muchos años, explosivos y pertrechos se han estado manipulando en el puerto de La Habana, y nunca —que recordemos— se había producido explosión alguna.
Es decir que aquellos obreros sabían lo que estaban cargando. No era probable que una caja se cayera; pero aun cuando esa remota posibilidad hubiese ocurrido, aun cuando esa posibilidad hubiera ocurrido, ¿quiere decir que una caja de granadas estalla cuando se cae, que una caja de granadas puede estallar por una caída?
Y menos aún cuando se trata de una de las mejores fábricas del mundo, de armas y pertrechos que tienen que manipular los hombres en combate, y que por lo tanto tienen que estar revestidas de las mayores seguridades.
Y es prácticamente imposible que puedan estallar mientras se cargan, o mientras se manipulan, o mientras se van a disparar; y —que yo recuerde— durante toda la guerra lo más que podía ocurrir es que se lanzara una de las granadas y no estallara; pero lo que nunca supimos es que una granada hubiese estallado en el fusil, ya que esa granada, al ser impulsada, recibe el impacto del cartucho propulsor, que es un impacto fuerte, y un impacto que recibe ya sin seguro, un impacto que recibe ya sin seguro la granada, y sin embargo no estalla.
Lo más que puede ocurrir es que por deficiencia, por alguna deficiencia, no estalle al chocar contra el blanco. Lo que nunca supimos fue de alguna granada que estallara en la punta del fusil.

(…) Pero como no bastaban apreciaciones teóricas, dispusimos que se hicieran las pruebas pertinentes: y en la mañana de hoy dimos órdenes a oficiales del ejército de que tomasen dos cajas de granadas de los dos tipos diversos, las montaran en un avión y las lanzaran desde 400 y 600 pies, respectivamente.
Y aquí están las granadas, lanzadas a 400 y 600 pies desde un avión, de las cajas de 50 kilos, es decir, 100 libras, lanzadas a 400 y a 600 pies; granadas exactamente iguales que las que venían en ese barco (muestra las granadas al público).
¿Tiene algún sentido suponer que pudiesen estallar al caer a ocho pies de altura, con todas esas condiciones de los seguros que tiene la granada y de los recipientes que apenas a esa altura si sufren alguna abolladura los recipientes, desde 400 y 600 pies, más la velocidad del avión?
A tal extremo, que las cajas penetraron varios pies en tierra por el impacto, y se destruyeron las cajas de madera sin que una sola de las 50 granadas que llevan dentro estallara. Y yo estoy seguro de que esa prueba se puede repetir cien o mil veces, y las granadas no estallan; porque los explosivos, para que estallen, hay que hacerlos estallar (…) Había que descartar toda posibilidad de accidente, para aceptar lo único explicable: una explosión intencional.
¿Pero una explosión intencional cómo? ¿Se podía —como dije hace un rato— hacer un sabotaje en presencia de soldados rebeldes, de soldados veteranos rebeldes, que estaban presenciando la manipulación? ¿Se podía hacer un sabotaje en presencia de los obreros que estaban allí trabajando?

Si cuando se realizan esas operaciones se toman todas las precauciones, ¿cómo suponerse que a la luz del día y en presencia de obreros y de soldados alguien puede perpetrar un sabotaje?
Ese alguien tendría que ser, en primer lugar, un obrero, y carece por completo de lógica que nosotros vayamos a esperar un sabotaje de un obrero; porque los obreros, sin que le quepa duda a nadie, son defensores fervientes y decididos de nuestra Revolución.
Pero como no se trata de apreciaciones teóricas, analicemos la posibilidad de ese sabotaje. En primer lugar, los obreros son registrados, y son registrados para evitar que lleven fósforos o cigarros, son registrados para evitar que cometan una imprudencia; y no solo son registrados, sino que tienen un delegado, que observa el trabajo que van realizando.
Es decir que no solamente son registrados, sino que son observados por soldados y por sus propios delegados y sus propios compañeros. Eso es virtualmente imposible de realizar en tales condiciones.
Pero además, esos obreros son muy conocidos por sus compañeros, porque no son muchos, son de 12 a 18 los que pueden estar trabajando, y en ese caso era un número reducido allí y muy conocido el que estaba trabajando.

Y una circunstancia todavía más importante, y es que los obreros que trabajaban allí no sabían que iban a trabajar en ese barco. El barco llegó en horas de la mañana (…)
El segundo turno recibe sus tiques a las 12:30 para comenzar a trabajar a la 1:00. Esos obreros, que era un grupo reducido entre más de 1 000, no sabían que iban a descargar aquellos explosivos. Es decir que no cabe suponer una premeditación, un plan, una preparación en esas condiciones tan difíciles.
(…) Los explosivos estallan en Cuba, pero el mecanismo que hizo detonar a esos explosivos no se instaló en Cuba; el mecanismo que hizo estallar el barco no pudo por ningún concepto haber sido instalado en Cuba.
(…) Aquí vigilábamos con el mayor esmero, porque eran armas en las que estaban interesados aquellos soldados y aquellos obreros; aquí sabemos los enemigos que podamos tener; aquí tomamos el mayor interés.
¿Pero cómo explicarse que a miles de millas de distancia y muy lejos de conocer nuestros problemas, en países que no están amenazados por actos de sabotaje, ni por explosiones, ni están agitados por convulsiones revolucionarias o por los esfuerzos de la contrarrevolución; en un país como Bélgica, que fue el punto de partida, sea tan difícil como aquí, que estamos en permanente vigilancia para evitar cualquier acto de sabotaje?

Y del interrogatorio del oficial del barco, el responsable de la carga, pudimos conocer cómo se había cargado aquella mercancía en presencia de ese oficial, y cuando él no estaba presente, de otro miembro de la tripulación, que en este caso no pudo precisar.
Es natural que en las condiciones de embarque era mucho más fácil y más practicable introducir algún detonante que hiciera estallar aquellos explosivos.
Y por eso nuestra conclusión de que había que buscar al agente de ese sabotaje no aquí, sino en el extranjero; de que había que buscarlo donde las condiciones eran mucho más fáciles para preparar un acto semejante.
Es decir que había un hecho indiscutible, un hecho probado, y es que después que habían extraído más de 20 cajas, al mover alguna de las cajas restantes, es decir, al cargar una de las cajas siguientes se produjo la explosión.
Cuando los obreros fueron a manipular alguna nueva caja —puesto que ya tenían más de 20 fuera—; cuando fueron a cargar alguna de las cajas restantes, se produjo la explosión, y esa explosión no podía ser por accidente, esa explosión tenía que ser intencional. Es decir que al mover alguna caja liberó el mecanismo de algún detonador, produciendo la explosión.

Todos, con mayores o menores detalles, conocemos que hay un sinnúmero de procedimientos para hacer ese tipo de trampas con explosivos que se usan mucho en la guerra, que al mover una gorra, o al mover un lápiz, o al mover una silla, se produce una explosión, puesto que es para un técnico perfectamente fácil situar entre dos cajas, debajo de una caja, cualquiera de esos mecanismos, y que al mover la caja se produjera la explosión.
¿Cómo venían las cajas en el camino? Venían en filas compactas, no podían moverse, porque esa carga se aprisiona una contra otra dentro de la bodega o dentro de la nevera, de manera que no puede moverse, es decir que no tienen espacio para moverse.
Un sistema de sabotaje como ese se podía realizar sin la menor preocupación de que estallara antes de desembarcar.
Porque eso fue lo que ocurrió, que ya habían sacado las primeras cajas y al sacar aproximadamente la caja número 30 es que se produce la explosión, que no podía ser por accidente —como hemos demostrado— y que tenía que haber sido preparada, porque esas cajas no estaban en las primeras filas, donde cualquier objeto se podía ver allí.
Era ya de las segundas o de las terceras filas de cajas; y al mover una de esas filas, al mover una caja, es que se produce la explosión.
Esa es la conclusión a que hemos llegado, y que no parte del capricho ni del apasionamiento; parte del análisis, parte de las evidencias, parte de las pruebas, parte de las investigaciones que hemos hecho, e incluso de los experimentos que hemos hecho para sacar primero la conclusión de que era un sabotaje y no un accidente.
Y de eso tengo la seguridad de que no le queda duda a nadie; porque, ¿qué otra cosa podía esperarse?
Todos los años se transportan en todo el mundo millones de toneladas de explosivos, y sin embargo no tenemos noticias de que exploten los barcos. En nuestro propio país, durante muchos años se han estado transportando y manipulando explosivos, y sin embargo no tenemos noticias de que se haya producido ninguna explosión de este tipo.

(…) ¿En qué hay que pensar como autores de un acto semejante, sino en los intereses en que nosotros no recibiéramos esos explosivos? Y sobre esa cuestión tenemos que hablar.
Los interesados en que no recibiéramos esos explosivos son los enemigos de nuestra Revolución, los que no quieren que nuestro país se defienda, los que no quieren que nuestro país esté en condiciones de defender su soberanía.
Nosotros sabemos los esfuerzos que se hicieron porque no pudiéramos comprar esas armas, y entre los grandes intereses en que no recibiéramos esas armas estaban los funcionarios del gobierno norteamericano.
Y nosotros podemos afirmarlo sin que esto sea un secreto; porque si es un secreto, será de esos secretos que los sabe todo el mundo.
Incluso no es que lo digamos nosotros, lo dijo el gobierno inglés y el gobierno inglés declaró que el gobierno norteamericano estaba interesado en que no adquiriéramos aviones en Inglaterra; lo han dicho las propias autoridades norteamericanas, los propios voceros, los esfuerzos porque no se vendieran armas a Cuba.
Nosotros hemos estado luchando contra esas presiones, nosotros hemos estado luchando contra esos obstáculos.
De manera que un país, un gobierno, utilizando su poderosa influencia internacional, se mueve en los círculos diplomáticos para impedir que un país pequeño se arme.
Un país que necesita defender su territorio de sus enemigos, un pueblo que necesita defenderse de los criminales que quieren regresar, o de los colonizadores que quieren mantenernos en la esclavitud y en el hambre.
Tenemos que estar luchando contra las presiones de un gobierno influyente y poderoso para poder adquirir armas.
Y nosotros podemos afirmar que hasta ahora habíamos logrado que un gobierno y una fábrica de armas europeos, actuando con independencia y actuando con firmeza, se habían opuesto a las presiones y nos habían vendido las armas; es decir, la fábrica de armas de Bélgica y el gobierno de ese país se habían resistido a las presiones.
Y no una, sino varias veces, el cónsul norteamericano, un cónsul norteamericano en Bélgica y un attaché militar de la embajada norteamericana en Bélgica, habían intentado, con la fábrica y con el Ministerio de Relaciones Exteriores, que no nos vendiesen esas armas.
Es decir que funcionarios del gobierno norteamericano habían hecho reiterados esfuerzos por evitar que nuestro país adquiriera esas armas, y los funcionarios del gobierno norteamericano no pueden negar esta realidad.
Y esta realidad quiere decir que ellos estaban interesados en que nosotros no adquiriésemos esas armas, y que entre los interesados hay que buscar a los culpables, entre los interesados en que nosotros no adquiriéramos esas armas hay que buscar a los culpables.
Porque tenemos derecho a pensar que los que por vía diplomática intentaron que no adquiriésemos esos equipos, pudieron haberlo intentado también por otros procedimientos.
No afirmamos que lo hayan hecho así, porque no tenemos pruebas contundentes, y si las tuviéramos ya las estaríamos presentando al pueblo y al mundo; pero sí digo que tenemos derecho a pensar que los que por vía, por determinadas vías no habían logrado sus propósitos podían haberlo intentado por otras vías.
Tenemos el derecho a pensar que entre los interesados hay que buscar a los criminales; ¡tenemos derecho a pensar que entre los interesados hay que buscar a los causantes de las vidas cubanas que se perdieron en la tarde de ayer!
Porque, en primer lugar, ¿qué derecho tiene ningún gobierno a interferir los esfuerzos que realiza otro gobierno en defensa de su soberanía? ¿Qué derecho tiene ningún gobierno a arrogarse la tutela de ninguna parte del mundo?
¿Qué derecho tiene ningún gobierno a prohibirles a los cubanos que adquieran las armas que todos los pueblos adquieren para defender su soberanía y su integridad? ¿A qué pueblo le queremos nosotros prohibir que se arme? ¿Qué compras de armas interferimos nosotros?
¿Qué obstáculos le ponemos a ningún pueblo para que se arme? ¿Y a quién se le ocurre que un gobierno que vive en paz, cuyo pueblo vive en paz con otro pueblo, que mantiene relaciones diplomáticas y amistosas —o que deben ser amistosas—, tenga derecho a inmiscuirse para que ese pueblo no pueda adquirir armas?
Y mucho menos si se tiene en cuenta que el país en nombre del cual actúa ese gobierno adquiere en nuestro propio territorio materiales estratégicos que necesita para su defensa, sin que nosotros interfiramos esa adquisición de materiales, sin que nosotros interfiramos los esfuerzos que realicen para su defensa, sin que nosotros nos inmiscuyamos en sus asuntos.
¿Y que no adquiramos medios para defendernos por qué? ¿Por qué ese interés en que no adquiramos medios para defendernos? ¿Es que acaso pretenden que nuestro pueblo caiga de nuevo bajo las botas de las pandillas de criminales que lo azotaron durante siete años? ¿Es que acaso están promoviendo el regreso de los grandes criminales? O lo que es peor aún, ¿es que acaso pretenden intervenir en nuestro suelo?
Porque no se quiere que nuestro pueblo cuente con medios para defenderse, y nuestro pueblo no puede constituir ningún peligro para ese país, nuestro pueblo no es ni podrá ser nunca un peligro militar para ningún otro país, nuestro pueblo no podrá desarrollar nunca una potencia ofensiva contra ningún otro pueblo.
Porque la fuerza de nuestra Revolución en el mundo no está en su fuerza militar, sino en su tremenda fuerza moral, en su tremendo ejemplo para los pueblos hermanos, para nuestros hermanos de raza, esclavizados y explotados en toda la América hispana.
Porque la fuerza nuestra nunca estará en la potencia militar; nosotros somos militarmente fuertes para defendernos, pero no lo somos, ni lo queremos ser nunca para atacar a nadie, porque nosotros no aspiramos ni aspiraremos nunca a someter a nadie, a sojuzgar a nadie.
Nosotros sí somos fuertes para defendernos, porque defender la tierra es otra cosa: es un derecho, y uno de esos derechos que los pueblos saben defender contra cualquier poder y contra cualquier fuerza”.
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