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Segunda Declaración de La Habana

(Español) Segunda Declaración de La Habana: respuesta a la conjura

Sorry, this entry is only available in European Spanish. La Segunda Declaración de La Habana es un documento de excepcional trascendencia, donde se analizan las raíces históricas que sirven de base a la lucha de los pueblos de Latinoamérica contra el imperialismo. Contiene una de las alocuciones más conocidas de Fidel Castro, pronunciada el 4 […]

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La Segunda Declaración de La Habana es un documento de excepcional trascendencia, donde se analizan las raíces históricas que sirven de base a la lucha de los pueblos de Latinoamérica contra el imperialismo.

Contiene una de las alocuciones más conocidas de Fidel Castro, pronunciada el 4 de febrero de 1962.

La Segunda Declaración de La Habana se registró tras la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos en una reunión en Punta del Este, Uruguay. Allí, gobiernos latinoamericanos, a excepción de México, rompieron relaciones diplomáticas con la Isla.

La Segunda Declaración de La Habana  fue aprobada por aclamación en Asamblea General del pueblo en la Plaza de la Revolución José Martí.

En la Declaración quedó patentizada la decisión del pueblo cubano de seguir resistiendo y construyendo el Socialismo, a pesar de las dificultades y presiones por parte del imperialismo.

A propósito, nuestro sitio les ofrece fragmentos de este histórico documento.

Compañeros y compañeras de la Segunda Asamblea General Nacional del Pueblo:

Se reúne por segunda vez, con carácter de órgano soberano de la voluntad del pueblo cubano, esta Asamblea General en el día de hoy; y se reúne para dar cabal respuesta a la maniobra, a la conjura, al complot de nuestros enemigos  en Punta del Este.

En todo el mundo están puestos los ojos sobre nuestro pueblo en el día de hoy; los pueblos de todos los continentes están esperando esta respuesta de nuestra patria. 

Los mensajes que se han leído en la tarde de hoy demuestran cuánto interés, cuánta atención, cuánta solidaridad ha despertado el acto de hoy.

Desde luego que nuestro pueblo sabía perfectamente bien qué se proponían los imperialistas yankis; nuestros pueblos están perfectamente informados de sus intenciones; nuestro pueblo —que lleva tres años bajo el incesante hostigamiento del imperialismo yanki— sabía a qué fueron ellos a Punta del Este, sabía que esa conferencia no tenía otro propósito que promover nuevas agresiones y nuevos complots contra nuestro país. 

Y, desde luego, ya el imperialismo ha dado nuevos pasos agresivos.  Como explicó nuestro Presidente al hablar en la tarde de hoy, ya los imperialistas han acordado un embargo más —¡uno más! — sobre nuestras relaciones comerciales.

Aún quedaba un comercio, principalmente de tabaco y de frutas, con Estados Unidos, ascendente a varios millones de dólares.

Cuando la delegación yanki propuso en Punta del Este sanciones económicas y políticas, cese del comercio y cese de las relaciones diplomáticas de los demás gobiernos —de los que aún quedan con relaciones, de los que aún no se han plegado, de los que han resistido a las presiones del imperialismo— a fin de que rompieran con nosotros, el imperialismo, ya en plena crisis, aún cuando logró una parte de sus propósitos —y es preciso analizar y considerar atentamente los acuerdo allí tomados y los propósitos de esos acuerdos— no pudo, sin embargo, obtener todo lo que pretendía, aun cuando logró declaraciones condenatorias contra Cuba, producto de presiones enormes sobre todos los cancilleres.

Tan desvergonzada, tan irracional, tan injustificada era su demanda, tan deprimente, tan desmoralizadora para los gobiernos allí representados, que algunos gobiernos se resistieron a aceptar el máximo de las exigencias yankis. 

Y en virtud de su resistencia, por cuanto no estaban dispuestos a romper simplemente por una orden de Washington, y puesto que al fin y al cabo esos gobernantes estarían obligados bien a cumplir acuerdos que no consideraban justos, o bien a desacatar esos acuerdos, el imperialismo, al parecer, no creyó prudente llevar tan lejos la cosa en esta reunión como para imponer con su mayoría mecánica de 14 títeres un acuerdo que podía ser desacatado por la minoría que, siendo una minoría, sin embargo representa al 70% de la población de América Latina.

El imperialismo, digo, no pudo imponer el acuerdo del cese de las relaciones comerciales.  Lo que pretendía el imperialismo era —al regreso de su delegación— realizar este nuevo embargo sobre el comercio de Estados Unidos con Cuba. 

No logró el acuerdo.  Y como una prueba más de que al imperialismo le importa un bledo la OEA y de que la OEA no es más que un ministerio de colonias yankis, un bloque militar contra los pueblos de América Latina, al regresar la delegación de Punta del Este, lo primero que hicieron fue dictar esa nueva medida y prohibir de manera absoluta toda compra de productos a Cuba, es decir, la compra del tabaco, la compra de nuestros frutos y de aquellos productos que ascendían a algunas sumas de consideración.

Claro está que como el imperialismo no podía dejar de ser cínico, como el señor Kennedy no podía dejar de ser un desvergonzado (EXCLAMACIONES Y SILBIDOS) —como lo ha sido desde que tomó posesión, desde que rechazó toda posibilidad de llevar adelante una política pacífica con nuestro pueblo, desde que organizó su criminal y cobarde  invasión a nuestras costas y todos los hechos que han costado sangre y vidas de hijos de nuestro pueblo—, no podía dejar de acompañar su última felonía con la hipocresía.  La hipocresía más inaudita es el sello que acompaña a todos los actos del imperialismo.

¿Qué hizo?  Prohibir toda compra de productos a Cuba, es decir, privarnos de más de 20 millones de dólares y, junto a esa medida, declarar que ellos, los “buenos”, los “nobles”, los “eternamente humanitarios”, no prohibían, en cambio, que nosotros les compráramos a ellos, que nosotros les compráramos alimentos y medicinas. 

Es decir que mientras nos quitan los dólares producto de nuestro comercio, los pocos que quedaban con Estados Unidos después que nos arrebataron nuestra cuota de cientos de millones de dólares, dicen que, en cambio, no prohíben que nos vendan. 

Es decir que nos quitan los recursos para comprar, nos quitan los dólares destinados precisamente a materias primas, a maquinarias, a alimentos, a medicinas y mientras por un lado dictan esa criminal, unilateral y vergonzosa medida —una más contra nuestro pueblo—, declaran que, en cambio, estarían dispuestos a vender mercancías y alimentos.

Estaría bueno preguntarles —ya que son tan “buenos”— por qué no las fían también.  Ya que están dispuestos a vender las medicinas y alimentos, ¿por qué no los fían?  Porque nos quitan los dólares de las compras, y entonces dicen que, en cambio, no prohíben las ventas. 

Pero ese es el sello eterno de la hipocresía que acompaña al imperialismo, a fin de ocasionar a nuestro pueblo tropiezos, dificultades, escaseces, colas y dificultades de todo tipo, a fin de doblegar a nuestro pueblo mediante todos los sacrificios, mediante la imposición de todos los sacrificios, de todas las zancadillas, de todas las trampas, de todos los ataques arteros y cobardes contra nuestra patria.

Desde luego que Cuba no estaría donde está, ni nuestra patria ocuparía el lugar que hoy ocupa en el concepto de los demás pueblos del mundo, si detrás de la patria, si detrás de la bandera soberana de la patria, si detrás de la Revolución no estuviera el pueblo, si detrás de esta Revolución no estuviera este pueblo (APLAUSOS). 

Y nuestra Revolución no habría llegado a ser lo que es hoy, y Cuba no sería abanderada de la libertad de América, si detrás de este hecho histórico de la Revolución no estuviese un pueblo digno de ese lugar de honor que hoy ocupa en los corazones de los 200 millones de hermanos de América Latina (APLAUSOS).

Si detrás de la patria soberana, si detrás de la patria soberana, si detrás de la bandera libre, si detrás de la Revolución redentora no hubiera un pueblo firme y heroico como este, la patria ni sería libre ni la bandera sería soberana, ni la Revolución marcharía adelante con la firmeza inquebrantable con que marcha.

La palabra de Cuba está respaldada por un pueblo entero; la palabra de la representación de Cuba, allí donde habló para los pueblos y para la historia, estaba respaldada por un pueblo entero. 

¡Por eso vale nuestra palabra, por eso vale ante los ojos del mundo, por eso vale ante la historia!  Porque los que allí hablaron contra nuestra patria sus mentiras, no hicieron más que repetir las consignas criminales de sus amos. 

Y detrás de las palabras huecas de los impugnadores de la patria cubana, no había un pueblo; detrás estaban los asesinos de obreros y de estudiantes, de campesinos; detrás estaba lo más corrompido, lo peor de nuestras hermanas naciones. 

¡Pueblo no, sino ausencia de pueblo, vacío de pueblo!  ¿Hasta cuándo tendrán la desvergüenza y el cinismo de hablar de democracia?  ¿Hasta cuándo estarán usando, hasta desgastar, esa pobrecita palabra, infeliz palabra de “democracia representativa”? 

Representativa solo de la voluntad del imperialismo, representativa solo de la explotación, representativa solo de la traición; democracia que es la democracia de la ausencia del pueblo. 

Porque todos esos gobiernos, los 14, los 14 que votaron contra Cuba, convocan al pueblo, y los 14 no reúnen tanto pueblo como la Revolución Cubana reúne aquí (APLAUSOS).


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