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En ocasión del 175 aniversario del natalicio del Mayor General Antonio Maceo y el 92 del Comandante Ernesto Che Guevara, compartimos con nuestros lectores, una crónica de nuestro colaborador Salam A. Mousa que evoca, a la distancia de los años, un momento único en la historia de Cuba y en la memoria de su pueblo.

Es difícil narrar un evento que trasciende. Yo estuve ahí. Los vi llegar en un avión que hacia un ruido ensordecedor. Recuerdo que mi madre me dijo: “estas aquí, porque este es un momento único en la historia”. Esa fue la primera vez que vi a Fidel. Gigante y ante mis escasos 9 años, se me dibujaba como una montaña.

El paso fúnebre de los soldados y el repicar de los zapatos al marchar se me grabaron en la mente. Toda la ceremonia tenía un efecto en los presentes que no alcanzaba a entender. Pese a ello, esa sensación me sobrecogió. Una sola cosa me daba vuelta en la cabeza: el Che estaba frente a mí.

No sabía realmente qué hacer. Hoy entiendo que el luto pospuesto arribó en ese vuelo y bastó un segundo para que familiares y amigos dieran cierre a una espera de 30 años.

De cierta forma moría la esperanza infantil, de que estuvieran vivos, escondidos en la selva preservando la misma imagen con la que partieron. Y es que no conocemos al Che de otra forma. Su imagen fuerte y versátil convida a la memoria.

Luego vino el tributo. Miles de personas pasando frente a él. Muchos hombres y mujeres se paraban en firme frente a su urna y decían frases como: “comandante ordene, hasta la victoria siempre!!”. Palabras que me estuvieron retumbando por años en la mente. Solo me hacía pensar en qué tipo de hombre fue este, que 30 años después de muerto, era capaz de enardecer un pueblo sin decir una palabra. Un legado más grande que una montaña.

Conocí personas excepcionales. Ninguna dejó de brindar su sonrisa, aunque la evidente tristeza les cortara el rostro. Luego vino el traslado a Villa Clara.

Llegó el día del acto en Santa Clara. Todos estaban tristes y ese sentimiento me contagió. Nuevamente vi a Fidel. Incluso a mi corta edad percibí su profundo dolor. Estaba enterrando a un amigo, probablemente una parte de su vida se iba con él. Mis 9 años apenas alcanzaron para preguntar a mi mamá: ¿Fidel lo habrá extrañado? Solo recuerdo que me miró y no me pudo responder.

El acto transcurrió sin que yo entendiera mucho de lo que dijo el Comandante en Jefe. 20 años más tarde, vi el video y en tanto me conformé con saber que la idea que me llevé ese día, era tal cual lo recordaba, entendí que fue un momento en que hubo una declaración de principios. El Che, era tan cubano como yo que nací en esta tierra y tan universal, que no cupo en su tiempo y tuvo que trascender.

Una vez concluido el acto, bajamos al lugar donde están los nichos. Quienes han estado ahí entenderán de lo que hablo. Se respira una fuerza, un ambiente sobrecogedor, algo para lo cual no se está preparado. Ese día en especial, la presencia de los dos gigantes de la Revolución cubana dio una energía especial ese ambiente. Era un momento de reposo fecundo. Llegó para quedar como hito, de lo que hizo y de lo que hicimos por él: traerlo a casa.

Fueron días duros, en los cuales aprendí, que esos hombres que vivieron por su ley nos legaron lo más preciado que puede dar un ser humano: su vida. Gracias Che, por permitirme conocerte esa noche tan rara que llegaste.

Un comentario en «“Esa noche tan rara que llegaste”»

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