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Por Bismark Claro

Nunca les contaría lo mismo que apuntan los libros de historia. No nació en “el seno de una familia humilde”, al contrario, eran bastante pudientes. Además, deben conocerlo antes de entrar a la escuela, antes de cualquier intento por divinizarlo. Apostaré por demostrarles que fue un hombre de carne y hueso.

Pero, ¿qué les diría? “Cuba. Finca oriental. Verano de 1926”. No, así no. Parece una autobiografía. Debo buscar otra forma. El encanto de la historia (un poco extraviado hoy) radica en el buen uso de las técnicas narrativas, de la oratoria. Por cierto, él tenía el don de la palabra; la persuasión acompañaba sus discursos y de seguro ambientaba sus conquistas amorosas.

¿Cómo comienzo? “Una imagen no hubiera captado todos los detalles de su nacimiento”, es lo primero que se me ocurre y continúo. “Debajo de la casa de estilo gallego, sostenida por horcones de caguairán, dormitaban vacas, cerdos y varias aves. A las dos de la madrugada la comadrona campesina –a falta de médico– asistía a la familia. A esta hora, según cuentan, la rebeldía se hizo persona”.

Entonces entro en detalles, juego con la imaginación. “El primer grito de la criatura se escuchó, quizá, en el cercano central azucarero de Marcané”. Los escuchas se asombran. Les cuento, además, que de niño él nunca escarmentó ante los “cocotazos” o “cintarazos” de sus padres; se iba con los muchachos descalzos al río, a cazar pájaros; no dejaba de comer mazorcas de maíz tostado con los haitianos de los alrededores y asociaba a cada minuto el campo con la libertad.

En sus primeros años, aquel pequeño, que aprendió a defenderse poco a poco, atestiguó fenómenos meteorológicos; ciclones, trombas de agua, temblores de tierra y ráfagas de viento marcaron su memoria. De ahí su posterior posición frente a la naturaleza y esa inexplicable relación entre ellos.

Para hacerlo más cercano les explico que con cuatro años lo enviaron a la única escuela del batey, lo ubicaron en un pupitre de la primera fila y desde allí aprendió a leer y a “garabatear” mientras veía a los demás y a la maestra cuando esta escribía en la pizarra.

“Sin embargo, no todo fue bueno para el único rico en la escuelita”, les aclaro. “De vez en cuando, también recibía ʻreglazosʼ por las travesuras y la profesora lo colocaba de rodillas con las manos extendidas para sostener unas pesitas. Peor aún, el infante soportaba arrodillarse sobre granitos de maíz, sin imaginar que regresaría al fruto en cuestión para depositar toda la gloria de su existencia”. Cuando vayamos a la tierra caliente me entenderán mejor, pienso en silencio.

Por ser un “muchachito muy inteligente”, a los seis años, cuando se debe cursar el primer grado, fue enviado a casa de la maestra, en Santiago de Cuba, pero allí no le enseñaron nada y comenzó a sumar, restar, multiplicar y dividir mediante las tablas matemáticas impresas en la carátula posterior de su libreta. Y desde entonces se consagró como autodidacta.

Al mismo tiempo trataron de educarlo a la francesa –donde pedir se veía mal, pasó hambre, pero se sublevó para ser internado en un colegio (La Salle). “¡No hago esto, no me da la gana!”, eso dijo para ser un poco más libre. Estaba cansado de escuchar el piano que tocaban en la vivienda. En tres ocasiones consecutivas los reyes magos solo le trajeron corneticas de cartón y aluminio. Llegó a pensar que sería músico. No obstante, lo pusieron en un coro –durante el tercer grado– y lo expulsaron al descubrir lo mucho que desentonaba.

Sobre la Guerra Civil Española no le faltó información. En 1936, sin festejar su décimo cumpleaños, le leía noticias de la contienda bélica a un cocinero analfabeto. Aquel hombre iletrado y seguidor de los republicanos ansiaba las vacaciones del estudiante para informarse. ¿Existe mejor modo de comprender la necesidad de la instrucción y la cultura?

Por eso siempre defendió su derecho a estudiar –de manera auténtica– y, condicionado por el castigo de los padres como respuesta a la búsqueda de su justicia, el adolescente pensaba cosas que no se atrevía a hacer: “Si no me llevaban a estudiar, le iba a pegar candela a la casa”. Esta fue una de las tantas cosas que dijo durante las cien horas de diálogo con el periodista Ignacio Ramonet.

Cien horas insuficientes, como estas líneas escritas, para decirles que, a pesar de dedicarse al deporte y a escalar montañas, asistía a clases, nunca atendía y alcanzaba buenas notas finales. Para hablarles, por ejemplo, de la carta que envió a Franklin Delano Roosevelt en 1939 acerca de los minerales de Cuba. Y, aunque el mensaje encontró respuesta, dicen que si alguna vez Roosevelt le hubiese enviado los diez dólares referenciados como broma por el remitente cubano, el isleño no le hubiera ofrecido tanta resistencia al gobierno estadounidense.

Aquel niño rebelde, les diría, olvidó la condición económica de su familia y ordenó el reparto de aquellas tierras que lo vieron crecer, del naranjal de sus recuerdos. Firmó la Ley de Reforma Agraria y su madre aceptó la decisión sin miramientos. Sabía que su hijo era un líder y se había echado a la espalda el futuro de toda la nación.

Me gustaría contarles sucesos curiosos y perdurables sobre él, esos que no aparecen en los libros de historia. Antes de llegar al colegio deben reconocerlo como un hombre de carne y hueso. Cuando mis hijos me pregunten: “¿Quién fue Fidel Castro Ruz?”, ya sabré qué decirles. ¿Usted qué le dirá a los suyos?

Para redactar el texto se tuvo en cuenta información del libro Cien horas con Fidel del periodista español Ignacio Ramonet publicado en el año 2006 por la Oficina de publicaciones del Consejo de Estado.

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