image_pdfimage_print

Por siglos, el sentimiento que nos une a una patria feliz, entiéndase digna y soberana, ha sido cantado y defendido, lo mismo por grandes figuras del arte, las ciencias y la cultura, que por esos otros seres, no menores que aquellos, que conforman la masa de hombres y mujeres que en una voz unánime significa cubanos.

Uno de los grandes, el pensador, sociólogo y periodista José Antonio Saco (Bayamo, 1797-1879), abandonó el mundo físico hace hoy 140 años. Y debemos decirlo así, porque con solo repasar su pensamiento puede constatarse que no hay muerte real para aquel cuyas ideas cobran hoy más vida que nunca, cuando un gobierno enfebrecido de odio pretende inútilmente rendir a una Isla, que ha elegido ser rebelde frente a los que la han querido para sí.

Saco, considerado por muchos la primera figura política entre los cubanos, representante cimero del reformismo en su segunda etapa, crítico categórico de la esclavitud y discípulo de cátedra y alma de Félix Varela, levantó su palabra contra el anexionismo –que pretendió a mediados del siglo xix la adhesión de Cuba a Estados Unidos–, cuando hacerlo significaba un hecho de extraordinaria valentía.

Frente al ejercicio del periodismo, la docencia, la disputa cara a cara, y la correspondencia, defendió la nacionalidad cubana e hizo fuertes críticas a la postura del Gobierno español, razón por la que fue desterrado a Trinidad y vivió después en Europa.

«Con la mano puesta sobre la conciencia y con los ojos clavados en la patria, francamente respondo que no», alegó ante una propuesta indecorosa que se le hicieran para sumarlo a la causa a la que se oponía. Y dominado por la vocación del que educa y encamina profirió: “No seamos el juguete desgraciado de hombres que con sacrificio nuestro quisieran apoderarse de nuestra tierra, no para nuestra felicidad, sino para provecho suyo”.

Frente a la pretensión anexionista, Saco fue enérgico. «Por brillante y seductora que sea la perspectiva de los Estados Unidos, debo confesar con toda la franqueza de mi carácter que no soy de los alucinados ni seducidos», y certificó: “Verdad es que la Isla siempre existiría; pero yo quiero que Cuba sea para los cubanos y no para una raza extranjera”.

Sirvan estas memorias para que nadie dude que ni a 140 años de distancia Saco será desoído. Su magisterio patriótico adopta hoy nuevos rostros, los de todos los hijos de Cuba, en el siglo XXI.

Tomado de Granma

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *