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Bwambale Haukai se siente dichoso por estudiar en la Escuela Latinoamericana de Medicina

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Pequeño de estatura, pero desde niño el joven Bwambale Haukai de Uganda sueña sin límites. Sensible, no hay otro adjetivo que lo defina con mayor exactitud.

Mientras canta cierra los ojos. En África sus amigos de la primaria le llamaban el cirujano, a nadie le escondía la mayor aspiración de su vida: ser médico.

“Mi mamá quería tener un hijo médico en su familia, por eso yo me dedicaba mucho a los estudios para hacer realidad mis sueños y mi meta en la vida”.

Por un tiempo Bwambale creyó que nunca vestiría la bata blanca, que no traería la sanación, la cura para el dolor de su pueblo pobre. A pesar de su esfuerzo, no alcanzó el índice académico que exigía la beca de la carrera de Medicina. Por tanto, optó por un curso de 3 años de Ortopedia Interna.

Trabajó por un año el pero la aspiración de ser doctor no se apartaba de sus aspiraciones. Todas las noches antes de acostarse mientras la vista tropezaba con el techo se decía una y otra vez: “tengo que volver a los estudios de alguna manera”.

Fue así como Bwambale encontró en una revista la convocatoria que trastocaría su vida, en breves líneas se dibujaba el sueño de aquel niño que a todos decía: voy a ser médico.

Fidel en la ELAM

Era la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) de la República de Cuba, institución fundada por el Comandante en Jefe Fidel Castro quien otorgaba una sola beca para Uganda, a la que podían aspirar jóvenes hasta los 25 años de edad.

Fueron días intensos, de ir de la embajada cubana al Ministerio de Relaciones Exteriores en la nación africana, de localizar los documentos que exigían, los exámenes médicos y al final la entrevista.

“¿Fui yo el escogido? Era yo el que viajaría a Cuba a estudiar Medicina y precisamente a Cuba, ya conocía la preparación de los médicos de la Isla, en mi país hay maestros, ingenieros, agricultores de la Patria de Fidel”, aún dice, luego de tres años Bwambale, como quien aún no cree la oportunidad que se le abrió repentinamente.

Mientras entrevisto al ugandés es imposible evitar la emoción, me complace, me estremece, me conmueve su amor por Cuba. Él habla pausado el español, parece escoger cuidadosamente las palabras, cada una la adorna con el sentimiento de los agradecidos. Cuando parece que no puedo acumular más emociones él me confiesa que desde niño sabe de Cuba, le gusta la Historia y fue hojeando un libro que conoció a Fidel, a la Revolución que cambió los destinos del país a favor de los humildes y que también llegó a su continente.

“Yo lamento no haber vivido la ELAM en tiempos de Fidel”, así dice, pero levanta la mirada. Sabe que la obra del Comandante trasciende su vida mortal de 90 años y él, joven negro y de clase desfavorecida, es la confirmación”.

Fidel ELAM

El mayor de 4 hermanos promete ser el primer doctor de su familia y llevarle esperanza a su gente.

“El sueño que tengo es el de impactar vidas porque hay muchas personas en África que no tiene la oportunidad de tener un médico en la comunidad, aunque sea un municipio. Especialmente me gusta la medicina preventiva, que la gente no se enferme”.

Bwambale ya conoce la música cubana, la comida, la historia. Ha caminado las calles de La Habana y conoce cómo vive el pueblo de la Mayor de las Antillas.

Para él es inconcebible que Cuba un país pobre y bloqueado por el imperio más poderoso del mundo brinde miles de oportunidades para estudiar Medicina, la carrera más cara del mundo.

¿Cómo es posible que Cuba pueda formar a miles de médicos de más de 115 países?

Se siente dichoso por estudiar en La Escuela Latinoamericana de Medicina, a la que llama un pueblo con presencia del mundo entero. Miles de kilómetros separan al joven ugandés de su madre, pero reconoce que ese es el sacrificio para hacer realidad un sueño caro.

La madre de Bwambale le dice que sea bueno, que estudie, que no desaproveche la oportunidad. Cada día ella lo nombra en sus oraciones, pide por el hijo que regresará médico que significa en su comunidad ser héroe. Le dice: “Mi niño tú vas a cuidar de mí y de nuestro pueblo”.

Al preguntarle si está agradecido abre sus ojos negros, como si no fuese prudente mi pregunta, como si después de agradecido existiese otro término, algo así como estar en deuda, que algún día, me confirma, pagará permaneciendo al lado de los más humildes.

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