¿Para qué la bandera?

Por Mario Almeida

Cuando a una vieja que reza le revientan la rodilla de un disparo, a un niño que juega frente a su casa le atraviesan el pecho y a su padre que lo auxilia le perforan la frente, cuando el ejército sale a “limpiar” la calle y termina embarrándola de sangre, algo definitivamente está mal.

Miguel, Rubén, Eduardo, Rolando, Armando, Pedro, Francisco y Raúl son nombres de civiles que no volvieron a ver la luz –en realidad no volvieron y punto– por culpa del “común” error de cálculo de los militares, que todavía muchos insisten en justificar con el poético sintagma de “daño colateral”.

Contra, y uno que no hace caso a los veteranos cuando aclaran que todo “esto” costó caro; uno que se cree que la guerra son luces LED de un lado para el otro, guapería de película, soberbia de leyenda y gloria; uno que se espanta cuando lee que, en supuestos combates posteriores, hubo una veintena de “insurrectos” que cerraron por completo los ojos y ningún herido; uno que sabe que, cuando tiran a boca de jarro, sobrevivir deja de ser una opción y que, cuando eso pasa, no se llama combate sino masacre.

Son muy gráficas las narraciones: el médico desarmado baleado por la espalda, los soldados emplazando hospitales y llevándose heridos que luego aparecerán como bajas por fuego cruzado en operaciones militares.

Los periódicos al tanto de todo, censurados, pero intentando publicar cuanto se supiese y dejasen poner: las noticias falsas, las truncas, las manipuladas, las sensacionalistas, los titulares de primera plana. Las fotos de los asaltantes muertos, vestidos con uniformes nuevos de paquete, con la tela pulcra, sin rasguños.

¿Las balas llegan a la carne antes que a la ropa? ¿Se habrán tomado literal aquella orden de La Habana que incitaba a matar diez revolucionarios por cada batistiano que cayese?

Todavía se recuerda la voz de Haydée denunciando que su novio y su hermano fueron asesinados luego de ser detenidos, mientras la versión oficial declaraba que cayeron en el Moncada o a manos de la fuerza pública y aquella nota de periódico:

“Hemos podido conocer que entre los asaltantes al cuartel Moncada se encontraban Boris Luis Santa Coloma, de 25 años, a quien le faltaban dos asignaturas para graduarse de Doctor en Ciencias Comerciales; Abel Santamaría, de 25 años, y Pedro Miret”.

Y la línea publicada en el diario Granma el 24 de julio de 1996: “Pedro Miret […] estaba herido”.[1]

El número de muertos que se multiplicaban cada día y que, entre civiles inocentes y los orgullosamente culpables, llegaron a rozar la cifra de ochenta.

Y todavía está el que se pregunta por qué la bandera fue tan roja y tan negra y por qué el movimiento 26 de julio se llamó así.

Mucho dolor, hermano. Mucha sangre.


[1]Datos históricos tomados del diario Granma