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Por usted doy mi vida

No es la primera vez que los enemigos de la obra social y humana más grande de esta parte del mundo insultan la memoria del Maestro. A cada rato lo acusan de vivir demasiado tiempo fuera de Cuba, desconectado de sus realidades. No le perdonan la dicha grande de saltar a tierra en una playa para ser héroe de su propia epopeya y, de paso, impedir la expansión de los Estados Unidos por la ruta del Caribe.

A menudo le atribuyen palabras que jamás dijo, o tratan de escamotearle esencias con frases fuera de contexto. Ni césares de la Roma americana escapan de esa galería de gazapos. Aunque mucho lo nieguen, claro que les resulta incómodo ese Martí, tal vez poseído por un presentimiento terrible, que lleva consigo la honda de David para participar en la batalla, y no solamente para contemplarla.

Y en ese testamento (la carta inconclusa a su hermano queridísimo Manuel Mercado), habla en futuro, como el Apóstol que eleva la palabra más allá de la muerte: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Supo como nadie encender corazones, para ser el claustro vivo que remonta fronteras de siglos.

Nació Cuba al límite, en lo que parece un signo inequívoco de pruebas en su identidad misma. Y en cada capítulo duro, difícil, amargo, la palabra de Martí es su asidero. Y seguramente que él auguró su propio destino, porque al levantarse con Cuba lo hizo para todos los tiempos.

Ni siquiera el epíteto de apátridas califica a estos infames que pretendieron escarnecer su recuerdo. Como su prédica es universal, cualquier acto miserable para vejarlo supone una bofetada a lo más grande y transparente del género humano. El vándalo que injuria al héroe, no solo ofende la emoción de un archipiélago en las Antillas; se pone de facto contra el mundo.

El hombre dispuesto a cultivar la rosa blanca hasta para aquel que le arrancara el corazón, registró sin ambigüedad alguna que “no hay perdón para los actos de odio”. Y como escrito para este minuto, publicó en un periódico caraqueño que “así imaginan la venganza los espíritus ruines: quieren vengar en los demás impotencias propias”. Sin falta, libre de rencores, opinaba que no es bueno dejar nunca una injuria por el aire, y que hay que llevar mano firme al mal hondo.

Aún se discute si aquel rabino de palabra exacta y de existencia límpida, era realmente el Hijo del Hombre. Los cubanos dignos, en cambio, tenemos la certeza de saberlo no una vez entre nosotros, sino siendo por siempre el primero de nosotros. Aún cabalga en la canción, factura versos, construye pueblos, cura heridas, resuelve entuertos, obra milagros. Ama, funda, salva. Somos millones los que todavía podemos decirle, como aquel amigo que le prodigaba un almuerzo cariñoso en plena manigua redentora: “Por Usted doy mi vida”.
Tomado de Radio Rebelde

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