image_pdfimage_print

Este 6 de julio, se cumplen 38 años de la muerte de Raúl Roa García, nuestro “Canciller de la dignidad”. En el ejemplo de Roa se unen, en palabras del periodista Iroel Sánchez, “vanguardia intelectual y política, unidad que es una de las claves para entender la permanencia del proyecto político triunfante en 1959 y para garantizar su supervivencia ante los desafíos que nos plantea el porvenir”.

Roa fue un intérprete idóneo del pensamiento de Fidel Castro sobre la diplomacia revolucionaria, fue profesor, historiador, periodista y, además, un político e intelectual militante y comprometido con las causas justas frente a la situación política y aflicciones sociales a las que fue sometido el pueblo cubano durante las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Batista. Luego, como embajador de Cuba en la OEA y en la ONU, y Ministro de Relaciones Exteriores, libró trascendentes batallas contra el imperialismo yanqui.

Como homenaje a su obra, reproducimos fragmentos de la entrevista que le realizara el ensayista y crítico literario, Ambrosio Fornet, la cual apareció originalmente en la revista Cuba en octubre de 1968. En 2007, fue publicada por la Editorial Letras Cubanas.

Tiene la palabra el camarada Roa

En 1925 Machado sube al poder, se funda el primer Partido Comunista de Cuba y la Conferencia Nacional Obrera, Cuba es sacudida por la huelga de hambre de Julio Antonio Mella, es asesinado Armando André…Un año antes, en Rusia, ha muerto Lenin; dos antes, en Cuba, se ha producido la Protesta de los Trece; tres antes, en Italia, Mussolini ha tomado el poder…

¿Qué edad tenía usted entonces, es decir, en 1925? ¿Qué hacía?

Tenía yo 16 años tan largos como mis pantalones y pocos meses me faltaban para que me “titularan” bachiller en letras y ciencias. Era larguirucho, flaco, intranquilo, boquigrande, orejudo, ojillos soñadores con relumbres de ardilla, a veces melancólico, jocundo casi siempre, lenguaraz a toda hora y con más pelo que un hippie aunque ya antihippie por naturaleza.

Efectivamente, ese año Machado se mangó el poder, se fundó el primer Partido Comunista y la Confederación Nacional Obrera de Cuba sin haberme enterado, y fue escopeteado alevosamente el periodista Armando André. Si bien los resplandores de la rebelión estudiantil de 1923 se habían filtrado en los silencios y apacibles corredores del colegio en que yo estudiaba, nada supe de la Protesta de los Trece, pero me jorobaba ya el histrionismo cesáreo de Mussolini y durante las vacaciones había leído el primer libro de Lenin que cayó en mis manos: El capitalismo de estado y el impuesto en especie

Y, a seguidas, me prendí a Los tiempos nuevos, de José Ingenieros, contagiándome su entusiasmo por la revolución rusa. En 1925 publiqué, en el suplemento literario del Diario de la Marina, mi primer artículo pomposamente titulado “Ensayo sobre Rubén Darío”: visto desde hoy me da risa tanta emperifollada vacuidad y le pido perdón los manes del panida nicaragüense, sin embargo, reclamo el mérito de haber salido a la palestra con Rubén Darío y no con Juan de Dios Peza, Hilarión Cabrisas, Vargas Vila o José Manuel Carbonell.

Pero la impronta indeleble de ese año me la dejó Mella. Atraído por la mágica resonancia de sus hazañas estudiantiles, me colé en el Patio de los Laureles la mañana en que, expulsado ya de la Universidad, habló por postrera vez a la juventud cubana y su oratoria desmelenada en que se cruzaban relampagueantes los anatemas y las profecías me llenó la imaginación de ardientes visiones y advertí, estupefacto, que el corazón me latía a la izquierda del pecho. Dos días después, acusado de haber puesto una bomba en el Teatro Payret, aquel mocetón iracundo y resplandeciente —personificación del Ángel Rebelde de Anatole France para mi lírica sensibilidad política de entonces— se negó a tomar alimentos como protesta contra su arbitraria prisión.

Seguí luego por la prensa durante 19 días, hasta su excarcelamiento, aquella agonía clamoreante que solo su espíritu de acero podía coronar victoriosamente.  Y, así, Julio Antonio Mella —líder ya de la incipiente juventud revolucionaria— fue también mi ídolo vivo adorado aun en secreto entre rosarios y letanías a imágenes muertas.

¿Vivía usted con su familia? ¿Dónde? ¿En qué colegio estudiaba?

En 1925 cursaba yo el último año de bachillerato en el Colegio Champagnat, sito en La Víbora, barriada en que vivía con mis padres y hermana, en la calle Gertrudis entre Segunda y Tercera, en una casa que la apodaban “Los Mameyes” por remedar su fachada a esa deliciosa fruta. En La Víbora, casi despoblada entonces discurrió mi vida desde la niñez hasta que ingresé en la Universidad.

Los profesores del Colegio Champagnat —hermanos Maristas, por más señas— dizque me enseñaron, y de veras más de uno, geografía, historia, literatura, matemática, lógica, cívica, física y química. Y, desde luego, cada mañana, apologética del FTD. Pasé, ni más ni menos, por las mismas horcas candinas que pasarían Osvaldo Dorticós y Carlos Rafael Rodríguez en la sucursal cienfueguera de la casa matriz.

Pero mi verdadera formación me la deparó el uso y abuso con los mataperros de la vecindad del papalote, la quimbumbia, el patín, y la bicicleta —disolventes magníficos de las ataduras sociales y de los prejuicios raciales— que alternaba, sucesivamente, con la lectura desenfrenada de Salgari, Nick Carter, Sherlok Holmes —el de Callejas, no el de Conan Doyle— Julio Verne, Daniel Defoe, Fenimore Cooper, Alejandro Dumas, Paul Feval, Eugenio Sue, Víctor Hugo, Lamartine, Mark Twain, Emilio Sola, y de las aventuras de Rafles, Rocambole y Fantomas, cuyos autores he olvidado no obstante mi memoria de papel de mosca.

La pelota marca una etapa superior en ese desarrollo: aprendí a raspar magistralmente en la primera base mientras deshojaba a José Martí, José María Heredia, Juan Clemente Zenea, Cervantes, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal, Vicente Blasco Ibáñez, Sarmiento, Gonzalez Prada, Rufino Blanco Fombona, Enrique Piñeyro, Manuel Sanguily, Enrique José Varona y José Enrique Rodó. Ya había tirado al cesto, tras el deslumbramiento ritual, a Vargas Vila con sus flores de fango, sus ibis de trapo y sus minotauros de crocante, Martí me estrujó los huesos y me dio la preparación espiritual que me puso en el camino de Mella. La tesura y serenidad de Varona me sirvió de antídoto al estilo fulgurante y pegajoso de Martí.

Los discursos de Sanguily —sobre todo el que pronunció en el senado contra el Tratado de Reciprocidad, variante imperialista del Trato del Esqueleto— me restallaron en el cráneo como invisibles latigazos. Y no tengo por qué ocultarlo: sucumbí al encanto verbal de los Motivos de Proteo y me sedujo el sermón laico de Ariel. Como tampoco eludo la ufanía de consignar que, conjuntamente con Rodó, sorbí a Poe, Verlaine, Baudelaire, Rodembach, Unamuno, Machado, Valle-Inclán y Azorín. A Gabriel Miró lo “planché” rápidamente porque en su prosa, en vez de espolvorear queso incrustaba mármol. Y nunca pude zamparme sin recurrir al bicarbonato mambí, las fabadas eruditas de Don Marcelino Menéndez Pelayo.

Pero apareció la noviecita furtiva a la vuelta de la esquina y en los atardeceres demorados del estío me di a leer las Reflexiones de un paseante solitario, de Juan Jacobo Rousseau, bajo las arboledas cuajadas de mangos de una finca aledaña. Y, como en esa sazón alguien me prestó el Diario íntimo de Amiel, ni que decir tengo que jalé por una libreta de bodega y me puse a escribir el mío, calco pueril repleto de quejidos y desolaciones inventadas. De ese onamismo espiritual me sacó a tiempo la manzana que salvó a Eva, y sin pagar alcabala. Siempre me repugnó el bebedero tarifado. Como no acepto ni admito la socialización del cepillo de dientes. Al entrar en la Universidad, para estudiar derecho y filosofía y letras, ya había leído y releído el Manifiesto Comunista, de Marx y Engels y bajo mi sobaco pendían indistintamente La interpretación de los sueños, de Freud; La decadencia de occidente, de Spengler; La deshumanización del arte, de Ortega y Gasset y la Crítica de la economía política, de Marx. Mis compañeros de curso —salvo excepciones— me tildaban de extravagante. Y yo les replicaba llamándolos por sus nombres: cretinos.

¿Y qué hacía por las noches: ir al cine, a ver películas de la Garbo? ¿Reunirse en un café con sus amigos? ¿Pasear por el malecón?

En ese tiempo, invertía la prima noche en la bodega de la esquina, seguía en el Gran Cinema o en Tosca los episodios de La cámara de los dientes blancos, La moneda rota, El buque fantasma y La casa del odio y me fascinaron los oestes de Tom Mix, William S. Hart, Harry Carey y James Cruze. Y eran mi solaz las comedias de Charles Chaplin, Max Linder y Harold Lloyd. La primera película “de amor” que vi fue Macho y Hembra, de Gloria Swanson y Thomas Meighan. El Chaplin de El chicuelo abrió un mundo nuevo a mi sensibilidad y sentí un calofrío en la quinta vértebra dorsal-renovado mil veces y la última no hace mucho- con la danza de los panecillos de La quimera del oro. Después, advinieron John Barrymore y Greta Garbo-un prodigio nórdico de ángulos incitantes- y tantos y tantas más, pero siguió y sigue Chaplin destellando señores efluvios.

¿No vio en esa época El acorazado Potemkin?

No, no la vi hasta después de la caída de Machado, en que se permitió proyectar el film: sus vivencias me cortan todavía el resuello.

¿Y era tan “apasionado lector de  libros de aventuras y novelas policíacas” como Pablo?

Como Pablo de la Torriente Brau, amigo y compañero perdido cuya presencia me acompaña siempre, era como le dije, y soy un fanático del cine, como era y soy un apasionado lector de libros de aventuras y de novelas policíacas  y ahora, asimismo, de literatura de ciencia-ficción. Pero aunque parezca una monstruosidad lo proclamo a grito pelado: me gusta más Emilio Salgari que Truman Capote.

Además de la pelota, ¿practicaba algún deporte? ¿Y prefería, por ejemplo, la pelota al ajedrez o viceversa?

Mi deporte por antonomasia fue y es la pelota. Pero, hace algunos años dejé de jugarla. Y no porque me sintiera ya tullido o valetudinario para esos desfogues. Para mí, la juventud perdura en tanto se mantengan flexibles las arterias, ágil la mente, tensa la voluntad, impetuoso el miocardio y retozón el músculo primo. Dicho sea humildemente: aún mi juventud sobrevive engalanada con algún que otro celaje otoñal. Cuando perciba el primer síntoma de vejez, antes que nadie me lo diga, compraré un ropón morado y un gorro rojo con una estrella rutilante y me recluiré en mi biblioteca a leer los miles de libros que me aguardan y a escribir mis memorias impublicables.

Doctor Roa, ¿cómo definiría usted a la generación de 1930?

La generación del 30 ―bautizada así, cuando muchos de sus integrantes se habían ya defecado cínicamente en sus ideales y amasaban millones de pesos a su costa― es, por esencia, una generación orgánicamente escindida desde que surge a la vida política. Está compuesta, en rigor, por tres hornadas: la que aflora en 1923, que simbolizo en Mella y Rubén Martínez Villena, la que irrumpe entre 1927 y 1930 que personifico en Rafael Trejo, Antonio Guiteras y Pablo de la Torriente Brau, y la que se empina, incorporándose a la lucha revolucionaria en 1933, y que sigue personificada por esos tres ejemplares combatientes.

En esas tres hornadas, los genuinos revolucionarios constituyen minoría; la mayoría está cundida por oportunistas, farsantes, politiqueros, mediocres, reaccionarios, ambiciosos y tránsfugas. Incluso hubo un delator, que fue fusilado el 3 de septiembre de 1933. La minoría revolucionaria de esas hornadas, que toma posición definida en las batallas de clase contra el imperialismo y sus servidores, es la que le infundió su tónica y fisonomía a la generación del 30, y le da lugar en nuestro proceso de liberación nacional y social. La condenación histórica del resto de sus componentes es corolario de su también definida posición de clase en favor del imperialismo y sus servidores. Fuera de ese contexto social, no cabe hablar de esa generación ni de ninguna otra.

Es indudable que la minoría revolucionaria de la generación del 30 quiso más de lo que pudo: planteó el problema de Cuba a la altura del tiempo, pero no supo resolverlo. La situación concreta en que le tocó actuar estaba suficientemente madura para el salto cualitativo, pero faltó la vanguardia, la unidad de pensamiento y acción, la claridad en los objetivos, el aprovechamiento dialéctico de las circunstancias y factores operantes y, sobre todo, independencia de enfoque y perspectiva. El impulso revolucionario no tuvo cauce ni dirección, congruente con su ulterior desarrollo y, por eso, se despilfarró en una lucha desconcertada que propicia la revancha del imperialismo y las fuerzas a su servicio, especialmente las gavillas uniformadas de Batista, el ABC, partido político fascistizante, y el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), aluvión amorfo de pueblo políticamente subdesarrollado que puso su esperanza en Grau San Martín, el Mesías de la desconflautación.

La Convención Constituyente de 1940 representa el compromiso entre dos impotencias intrínsecamente similares: la contrarrevolución y la pseudorrevolución. Guiteras fue quien vio más claro, más hondo y más lejos. Aún Machado en el poder, empuñó el fusil en San Luis con la firme convicción de que era ese el camino revolucionario y Batista tronchó arteramente su vida cuando se aprestaba a desatar la insurrección popular. De ahí su integración como símbolo vivo y actuante en la batalla subsiguiente hasta hoy.

Unos cuantos militantes de la generación del 30 dejamos constancia de nuestra actitud de protesta contra aquel compromiso de la Constituyente intentando organizar un nuevo partido revolucionario y la fundación de Baraguá, quincenario de combate dirigido por José Antonio Portuondo y en el que colaboró el poeta español Juan Ramón Jiménez y publicó su “Oda a Madrid” Gastón Baquero, quien no demoraría, traicionando a su raza, en “convertirse” al fascismo y ofrecer el insólito espectáculo de un negro requeté.

Dicho sea de paso, la gesta impar del pueblo español ensanchó y profundizó la conciencia revolucionaria del pueblo cubano, puso a muchos izquierdistas de boquilla en tres y dos, coadyuvó a reconquistar la plaza pública secuestrada por la dictadura militar de Batista, zarandeada en las enormes y enardecidas movilizaciones de solidaridad con los corajudos defensores de Madrid, capital simbólica a la sazón de todos los revolucionarios del mundo. Se rompió el fuego con los homenajes rendidos a Federico García Lorca y Pablo de la Torriente Brau.

En el largo, enmarañado y turbio proceso que va desde 1940 hasta el taimado golpe militar del 10 de marzo de 1952, mantuve consecuente con lo que juzgué mi deber revolucionario, la difícil posición del francotirador hostilizado por tirios y troyanos.

¿No pertenecía a ningún partido?

El único partido del que he sido miembro es el actual Partido Comunista de Cuba. Huelga añadir que ese es también el más alto honor de mi vida revolucionaria.

¿Diría usted que en los mejores de su generación “estaba viva” la tradición mambisa, o se consideraba como “pasado”?

Aunque no faltaban los mancos y miopes ―dogmáticos o sectarios constitutivamente incapaces de entender la dialéctica de la historia― que establecían un artificial hiato entre la lucha contra la dominación española y la que se libra contra la dominación imperialista, los mejores de la generación ―es decir, los que habían abarcado en su comprensión teórica el conjunto del proceso― vivían, como propia, la tradición mambisa. Se consideraban sus legítimos legatarios. En eso Mella fue precursor. Basta leer sus Glosas al pensamiento de José Martí. Fue la misma posición que mantuvimos en América Libre, revista antimperialista dirigida por Rubén Martínez Villena.

¿Cuál es, a su juicio, el primer gesto que señala la presencia de la generación del 30 en la vida pública?

Ese primer gesto fue, desde el punto de vista obrero, la huelga general de 1930, organizada por el primer Partido Comunista y, desde el punto de vista estudiantil, la tángana del 30 de septiembre de 1930.

¿De dónde les venía a ustedes su conciencia antimperialista?

El proceso de formación de nuestra conciencia antimperialista se nutrió de varias fuentes: la revelación de la realidad semicolonial en los hechos inmediatos y en el conocimiento de la historia republicana, jalonada sombríamente por la Enmienda Platt, la penetración económica y financiera y las intervenciones yanquis directas o indirectas en Cuba y en América Latina, el redescubrimiento de Martí a partir de las “glosas” de Mella, el bloqueo norteamericano a la Revolución Mexicana, las lecturas de Ingenieros, Sanguily, Varona, Mariátegui, Marx y Lenin, y, singularmente, la epopeya de Sandino en Nicaragua. La primera vez que conocí un calabozo de la policía fue precisamente por haber suscrito, recién llegado a la Universidad, un manifiesto contra la invasión imperialista en la patria de Darío.

 ¿En qué se sentía usted ―ustedes― de otra generación? Es decir, ¿en qué se sentía distinto a sus padres, de sus mayores?

Es indudable que muchos componentes de nuestra generación se sentirían vagamente primero, nítidamente después, distintos a los de las anteriores generaciones. No solo teníamos una concepción del mundo diferente y enfocábamos los problemas de Cuba desde una perspectiva diversa, sino que disentíamos también en la tabla de valores, en los gustos personales y en las actitudes privadas. Poseíamos, en suma, una sensibilidad y una pupila propias.

¿Y en cuánto a esos gustos personales, a sus actitudes privadas? ¿Prefería usted el jazz al danzón o al son? ¿Usaba siempre cuello y corbata, o salía, a veces a la calle en mangas de camisa?

Puedo darle algunos ejemplos ilustrativos: preferíamos la guagua al tranvía, la aspirina a la lavativa, el son y el jazz al danzón, la pelambre libre al sombrero de pajilla, la camisa remangada al saco embutido, la radio a la victrola, el cine al teatro y deambular por el Malecón a las cursis fiestas hogareñas.

¿Había viajado al extranjero antes de 1930? ¿Dónde había estado? ¿De qué le sirvió ese viaje?

Antes de 1930 solo una vez traspuse el Morro: cuando tenía doce años, estuve tres meses en las montañas de Castkill, Estados Unidos, para reponer mi salud quebrantada. Ese viaje me sirvió para montar en barco, ganar unas onzas de peso, añorar el pan con timba y visitar , entre sobrecogido y aterrorizado, las cataratas del Niágara. Aún no se había apoderado de mí la sed de horizontes, paisajes, gentes y mares remotos. Pero muy pronto me obsedió el afán de navegar el Ganges en una chalupa tripulada por thugs.

¿Qué pensó usted-cómo reaccionó- ante esos hechos de 1927 y 1928?

La construcción de la Carretera Central.

La califiqué entonces y la sigo calificando de obra típicamente faraónica, de relativo provecho colectivo y oportuno pretexto para rebosar las faltriqueras de los mangantes y manganzones de turno: se trazó a la conveniencia y medro de intereses particulares. Su angostura es un reto a la seguridad de los que la transitan. Y, sea como fuese, me jeringa por haberla construido Machado.

La aparición de Azúcar y población en Las Antillas.

La publicación de Azúcar y población en las Antillas, de Ramiro Guerra, señala un hito en la literatura política de la época: su autor puede vanagloriarse de haber contribuido a la forja de la conciencia antiimperialista de la juventud cubana de aquellos años. Fue uno de los libros más leídos y comentados en las cárceles machadistas . Yo escribí un articulejo saludando su aparición y lo llevé al Presidio Modelo con La diplomacia del dólar, de Freeman y Nearing, Nuestra colonia de Cuba, de Jenks, Siete ensayos de Mariátegui e Indología, del insigne tartufo José Vasconcelos.

El vuelo de Lindbergh a través del Atlántico

El vuelo de Lindbergh me convenció de que Keyserling era ya un ser anacrónico del cuadro histórico: el aviador había suplantado al chófer. Su “mundo que nace”había muerto.

La aparición de Indagación del choteo

Lo mismo que pienso ahora. La Indagación del choteo es un ensayo que define y caracteriza a Jorge Mañach: estilo pulcro, óptica astigmática y sensibilidad de cuello duro. Mañach se abalanzó contra el choteo cuando más falta hacía, tomando el rábano por las hojas. ¿Qué válvula de escape hubiera tenido este pueblo para taladrar de cuchufletas aquellas costra de circunspecciones y solemnidades postizas si, para darse pisto serio, riguroso y responsable, renuncia a la coña y a la trompetilla? De ahí el despiste de la indagación y el autorretrato a que queda reducida. Su constitucional horror al cambio explica el triste epílogo de Mañach.

¿Cree usted que en 1925 podía hablarse en Cuba de un estudiantado revolucionario? ¿Y en 1927?

En 1925, no cabe hablar propiamente en Cuba de un estudiantado revolucionario, sino de estudiantes revolucionarios. Ya en 1927 puede hablarse de una vanguardia revolucionaria en agraz: sus principales exponentes fueron el Directorio Estudiantil Universitario contra la prórroga de poderes y los numerosos estudiantes expulsados de la Universidad por seguir su línea beligerante. De aquella miríada de jóvenes combativos surgió Eduardo Chibás.

El manifiesto sobre la situación del país, que ustedes redactaron el 30 de marzo de 1927, ¿por qué lo entregaron a Varona y no, digamos, a Eusebio Hernández?

Ese manifiesto, en que se censuraba violentamente el intento de prórroga de poderes urdido por Machado, lo depositamos en las manos de Enrique José Varona, no solo por lo que este representaba en la historia política y cultural de Cuba, sino, asimismo, por la valerosa actitud que mantenía ante los atropellos, crímenes y robos de Machado y por su lúcida percepción de las señales de los tiempos. Eusebio Hernández, gran figura de nuestra gesta emancipadora y espíritu sobremanera progresista, estaba hacía rato fuera de la circulación: vivía recluido en su casa, al margen de la tormenta que se avecinaba.

¿Qué eficacia política tuvo ese gesto?

La eficacia de ese gesto estriba en que constituye una muestra de respeto y admiración de los jóvenes combatientes a quien a sus ochenta años permanecía erguido y vigilante y una expresión de repudio a la servil adulación a Machado de los politicastros de levita y de algunas “eminentes” figuras del profesorado y de la intelectualidad.

¿Usted diría que el 30 de septiembre, con el Directorio en la calle, con la muerte de Trejo, se inicia realmente la lucha estudiantil contra Machado?

Sin duda, el 30 de septiembre de 1930, en que cae Rafael Trejo mortalmente herido para levantarse en brazos de todo un pueblo y convertirse en bandera, se inicia realmente la lucha estudiantil sin cuartel contra la tiranía machadista. La insurgencia de 1927 es el ensayo general de esa sublevación, que muy pronto incendiaría la Isla de punta a punta.

¿Por qué abandonó usted el Directorio por el Ala Izquierda Estudiantil? ¿No era el Directorio suficientemente revolucionario?

Fui fundador del Directorio Estudiantil Universitario en las vísperas del 30 de septiembre y lo abandoné para constituir el Ala Izquierda en diciembre de ese propio año, con Pablo de la Torriente Brau y otros compañeros, por ya extravasar nuestra concepción de los problemas cubanos la órbita política e ideológica en que se movía ese organismo. Aunque en el manifiesto distribuido en la manifestación del 30 de septiembre ―redactado por mí― se alude a la situación de dependencia política y económica de Cuba al imperialismo yanqui, en la práctica el Directorio se contraía a enmarcar sus objetivos dentro de la concepción democrático-burguesa, propugnando un “cambio de régimen” que sólo afectaba a sus formas y no a su contenido.

En su firme y denodado empeño de derrocar por la violencia el machadato, el Directorio, que aglutinó hasta la aparición del ABC, la mayoría del pueblo cubano, cumplió un papel revolucionario, que radicalizándose a medida que se profundizaba la contienda y la participación cada vez más decisiva de la clase obrera y del campesinado, vertebrados en la Confederación Nacional Obrera de Cuba y en el Sindicato Nacional de Obreros de la Industria Azucarera y bajo la directa influencia de la dirección comunista de entonces, alcanza su máximo nivel en su actitud antimediacionista y en el manifiesto-programa que lanza a la caída de Machado, de moderado matiz nacional-revolucionario. Pero ahí se congeló su aliento transformador.

Y yo era ya un antimperialista marxista y el Directorio se quedaba más acá de nuestra “filiación y fe”. Eso explica la escisión y, casi simultáneamente, la constitución del Ala Izquierda, que aspiraba a ser la vanguardia revolucionaria de los estudiantes medios y pobres. Su importante aporte al desarrollo y extensión de la conciencia antimperialista en el estudiantado no puede desconocerse. Ni tampoco su generosa contribución de sangre a la causa revolucionaria.

¿Podría decir en tres palabras qué diferenciaba a Alma Máter de Línea?

Alma Máter denunció incansablemente los crímenes del machadato y mantuvo vivo el fuego de la rebeldía popular. Pero sus posiciones ideológicas y políticas eran, por lo común, más bien oposicionistas que revolucionarias, contrastando a veces con las del Directorio, no obstante ser su órgano de propaganda. Línea, órgano del Ala Izquierda, pasó también por diversas vicisitudes.

Aunque respondía a una línea ideológica y política coherente, sin embargo, a veces semejaba un periódico sublunar por su distanciamiento de la vida real y de sus inapelables requerimientos; otras, pregonaba consignas utópicas de la dirección comunista, que si luchó con heroísmo y abnegación admirables acelerando el ritmo revolucionario del movimiento obrero y campesino, en lo que a la conducción del movimiento estudiantil se refiere no bogó con idéntica fortuna. Una vez aprehendidos los responsables de Línea, Pablo de la Torriente Brau y yo, por cuenta propia, o sea por la libreta, botamos casi todo el material ya parado, reescribimos el periódico y le pusimos como divisa en la primera página el título de mi artículo: “Tiene la palabra el camarada máuser”. Era lo que se imponía, en verdad, en aquella coyuntura, en que otras organizaciones y partidos llamaban al pueblo a la insurrección armada.

“Tiene la palabra el camarada máuser” se publicó en julio de 1931, ¿no? Es un ensayo maduro, literario e ideológicamente. ¿Había escrito otros artículos y ensayos antes?

Antes de julio de 1931 había ya escrito algunos artículos y cónicas. Mi debut, como ya dije, fue con un supuesto Ensayo sobre Rubén Darío. A este siguieron, en el propio Diario de la Marina, “ensayos”  sobre Julián del Casal, Manuel de la Cruz, Mariano José de Larra y José Martí. En la época en que dirigió el suplemento Fernández de Castro, publiqué artículos sobre Alejandro Block, Rubén Martínez Villena, José Zacarías Tallet y notas sobre libros. Orto, la revista manzanillera del generoso Juan Francisco Sariol, recientemente fallecido, recogió artículos míos y uno —el mejor de los allí publicados— sobre  José Manuel Poveda.

En Social publiqué “Close-up campesino” y en Revista de Avance un artículo publicado “Martí, poeta nuevo”, que provocó iracunda réplica del poeta mexicano Xavier Villaurrutia, y numerosas notas bibiográficas. A “Tiene la palabra el camarada máuser”, que vio la luz estando yo en la prisión de La Cabaña, subsiguieron unas palabras leídas en el primer aniversario de la muerte de Trejo, publicadas en el Repertorio Americano, y mi Carta a Jorge Mañach (Reacción versus Revolución) editada clandestinamente. En enero de 1933 difundí en El Mundo parte de mis memorias de presidio y en febrero publiqué en hoja suelta Carta pública a Raúl Maestri. Escenario del más virulento episodio de mi polémica con Mañach fue la revista Mediodía, que dirigían Nicolás Guillén y Carlos Rafael  Rodríguez, joven escritor cienfueguero que se había calzado las espuelas del marxismo.

Desperdigados andan ahí artículos de combate publicados en revistas y periódicos revolucionarios de la época. Caído Machado, edité el folleto La jornada revolucionaria del 30 de septiembre y, coincidiendo con el estallido de la huelga general de 1934, salió Bufa subversiva, que recoge mucho de lo que escribí en ese tiempo. Es el libro mío que más aprecio y más me gusta.

Usted escribía mucho y muy rápido, a veces sin dejar que los acontecimientos “se enfriaran”; era un ensayista que escribía con el ritmo de un periodista. ¿Por qué?

Escribí siempre aprisa porque no podía ni puedo escribir despacio.

Pero, ¿cuándo escribía? ¿A qué horas? ¿Dónde? ¿En su casa, en una oficina, en la biblioteca?

Escribía donde podía y a cualquier hora, aunque de preferencia en mi cuarto, mientras mi madre me afilaba la punta de los lápices y mi hermana  interpretaba al piano a Beethoven, Liszt y Chopin. He  emborronado cuartillas en la redacción de Ahora y de El Mundo, en la Asociación de Estudiantes de Derecho, en la cárcel y en el cafetín  vecino al al antiguo domicilio de Bohemia, donde he publicado centenares de artículos . Mis libros —salvo Historia de las doctrinas sociales—son todos artículos cosidos por el lomo y el estilo. Nunca he escrito por escribir. He escrito siempre acicateado por algo que requería expresarse por algo.

¿Se propuso hacer “la crónica testimonial” y el balance de esa época?

No, no me lo propuse hacerlo: si lo hice, en cierta medida, fue por urgencia y requerimientos de la polémica que ha sido mi forma habitual de existencia. Ni escritor ni escribano: simplemente un soldador flamígero de palabras en puro afán de servicio.

¿De cuánta utilidad te ha parecido este contenido?

¡Haz clic en una estrella para puntuar!

Promedio de puntuación 5 / 5. Recuento de votos: 2

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *